Una semana sin ir al colegio

El colegio siempre me gusto, no me perdía ni un solo día. Estar con los amigos conversando, jugando fútbol o haciendo chiquilladas, es lo que más recuerdo. Si bien, nunca fue un alumno muy aplicado, pasaba mis cursos sin ningún problema, aunque una vez estuve a punto de desaprobar pero felizmente que el profesor me dio otra oportunidad y pude salvar el curso. Algunos profesores me tomaron cariño, los hacía reír con mis bromas, otras me mandaban a la sala de castigo por interrumpir sus clases. No fui nunca el más querido ni el más odiado, y la pasé bien el colegio.

Mi grupo de amigos estaba compuesto por Carlos, “el gordo”, Andrés, “el chato”, y Rubén, “el gato”. Esos apodos nos los pusimos cuando éramos muy niños, la mayoría vivía en el mismo barrio, a excepción de Rubén. El grupo que desde pequeños habíamos formado era el más respetado en el colegio, nunca nos caracterizamos por buscar peleas pero si alguien nos molestaba reaccionábamos. Fueron sólo un par de veces que nos peleamos con un grupo de muchachos, una vez quisieron pasarse de listos con la hermana de “el gordo”, entonces los cuatro salimos en su defensa. Aquellos tiempos son imborrables.

Un día luego de jugar fútbol en la canchita, ganamos y por goleada, llegué a mi casa sudando y me quité el polo y tomé una bebida fría, seguro que estaba con las defensas bajas. En la noche no podía dormir tenía un intenso dolor de cabeza y malestar corporal, sabía que lo de la mañana tenía que ver. Mi madre se levantó y cuido de mi todo la noche. Al día siguiente, me levó al hospital porque testaba ardiendo en fiebre, allí me internaron estuve muy mal. A mi no me gustaban los hospitales tenían ese olor a yodo y a desinfectante que me hacía doler la cabeza. Un día dentro quería irme, pero el doctor me tenía en observación. Estuve dos días internado y otras cinco en mi casa sin poder salir, al parecer estuvo a punto de darme neumonía, así que mi madre me cuidaba a milímetro.

El segundo día en el hospital mis amigos fueron a visitarme, me contaron que “el gordo” se le había declarado a Susana y ella había aceptado, además que la siguiente semana era de exámenes. Yo me preocupe estando allí no podía ir a clases pero ellos prometieron llevarme los cuadernos a mi casa. Así lo hicieron todos los días que estuve en mi casa, ellos me llevaron los cuadernos y yo en el estudio me ponía al día. “Rebeca te manda saludos” me dijo Andrés el tercer día que llevó los cuadernos. Estuve todos los días poniéndome al corriente en todos los cursos, no podía desaprobar estaba por terminar el año y no quería regresar en verano. Luego de recuperarme fui a clases, mis compañeros me recibieron con saludos y alegres, los profesores me dieron más tiempo para presentarle los trabajos que me faltaban. Ese día al sonar el timbre tomé mi lápiz y di mi primer examen. Esa fue la única vez que me ausenté del colegio.

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